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Carlos Castilla del Pino. Más allá de la medicina

Dosier Centenario de Castilla del Pino (2)

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Nota editorial: Como segunda contribución a este dosier publicamos un texto prácticamente inédito muy poco conocido de Carmen Calvo Poyato sobre Castilla del Pino. Apareció en la edición privada del libro: J. A. Vela del Campo (ed.), Con Carlos Castilla de Pino en su 80 cumpleaños, Córdoba, Fundación Carlos Castilla del Pino, 2002, pp. 201-204.


A Castilla del Pino nunca le ha gustado la gran ciudad. Prefiere la ciudad intermedia, la capital de provincia, aunque él mismo reconoce que no le agrada involucrarse en los círculos que funcionan en el seno de estas comunidades. Dicho de forma más concreta: nunca ha aspirado a ser hermano mayor de una cofradía o miembro de la directiva de un selecto club. Sus proporciones urbanas ideales rondan los 100.000, los 150.000 habitantes como mucho. Justo los que tenía la Córdoba de mediados del siglo pasado que le acogió como joven y brillante psiquiatra.

Nunca se ha sentido cordobesista, lo que no le ha impedido tener un profundo conocimiento de todas las capas sociales de la ciudad, pues a la burguesía y miembros de la franja más distinguida de Córdoba los vio durante décadas en su consulta privada y a los enfermos pertenecientes a la clase obrera y menesterosa los atendía en el dispensario de Psiquiatría que llegó a dirigir durante 37 años. Es curioso, pero Castilla me sacó en cierta ocasión del error de pensar que la locura era un mal que hacía presa sobre todo en las clases menos favorecidas. El equilibrio mental, al parecer, poco tiene que ver con el poder adquisitivo, al menos, en términos estadísticos.

Castilla siempre fue consciente de que su falta de interés a la hora de participar en los ritos y costumbres del lugar le habrían de granjear la indiferencia, cuando no el simple desprecio de muchos de sus vecinos. Esto es algo que ocurrió, como él mismo recuerda, sobre todo durante el franquismo. Entonces, a su manera de vivir por libre se le asociaba la etiqueta de rojo, una actitud que sólo conseguía reafirmar su rechazo por una forma de vida que tan certeramente quedó plasmada en La Regenta.

Entre sus confesados referentes literarios evoca con gran emotividad a Baroja. «Para un niño que había sido educado en un colegio de curas leer a Baroja era como abrir una ventana para que entrara aire fresco», ha llegado a comentar en alguna ocasión. El maestro del 98 nos ofreció su visión de Córdoba en La feria de los discretos, un texto en el que retrata la Córdoba de principios del siglo XX, todavía bastante entera cuando Castilla la conoce a finales de la década de los cuarenta.

Desde la independencia que le proporcionó su negativa a socializarse al modo y manera local y desde la proximidad que su trabajo le proporcionaba, Castilla se convirtió en un observador privilegiado de la evolución experimentada por la realidad cordobesa durante las últimas décadas del milenio. Fue testigo de excepción de los años oscuros del corazón de la Dictadura, visionó desde su sorprendente lucidez los síntomas de descomposición que comenzaba a ofrecer el Régimen al transitar por el tardofranquismo y analizó como pocos el proceso de transición que consiguió lo que para muchos era casi un milagro: alterar la conjunción de astros que había provocado un eclipse de cuarenta años.

Al margen de su intensa actividad científica, Castilla ha sabido desempeñar su papel de notario de la realidad sin renunciar a un compromiso activo con la sociedad en que le ha tocado vivir, algo que, parece claro, entraña una enorme dificultad. Ha desempeñado con tal perfección el papel de solidario independiente, que se ha convertido en una pieza clave a la hora de componer una historia social de la Córdoba última. Por encima de militancias y banderías coyunturales, Castilla se ha perfumado de racionalidad y se ha vestido de amplios horizontes allá por donde ha caminado su palabra.

Puede que la cerrazón de una ciudad tan difícil como la Córdoba de los sesenta y los setenta trajera como bien el crecimiento de un intelectual que lejos de resignarse a lamerse las heridas que conllevaba su condena al ostracismo, supo levantar la vista y aspirar hondo el aire que, a ráfagas todavía, llegaba de lejanas tierras. Quizá la mezquindad de un vecindario al que se le indigestaba la diferencia empujó a Castilla a proyectarse aún más hacia fuera, de tal forma que su figura y su obra no tardaron en adquirir una dimensión internacional.

Castilla pertenece a ese grupo de científicos que con el paso de los años va compaginando el rigor terminológico de su profesión con un progresivo afán divulgativo. Se trata de un proceso, nada infrecuente, por cierto, entre el colectivo médico, que tiene su correspondiente reflejo en las propias publicaciones que ha llevado a cabo durante los últimos tiempos. Así, podríamos decir que durante los pasados 15 años Castilla se ha ido abriendo hasta romper finalmente en escritor. Podríamos asegurar, con la ventaja que supone volver la vista atrás desde el presente, que la literatura, en el sentido más vasto del término, era el futuro natural de este completo intelectual.

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